Se acerca el fin. Aún me quedan 6 larguísimos días, cada uno de ellos con su jornada de 16 horas correspondiente. Suena a exageración, lo sé, pero es lo que hay.
El local en el que estoy ahora no es para mí. No me gusta la filosofía, ni el producto, ni la manera de hacer las cosas. No encajo y eso trae consigo la incomodidad de todos.
Lo fundamental es: no tirar la toalla antes de tiempo, aguantar, decir que sí y ser dura; una verdadera roca.
A estas alturas ya nada importa, da igual si lo hago bien o mal, da igual si aprendo o no, da igual si hay motivación o lo contrario. Lo importante es tragar sin que el sabor amargo de la píldora roce tus papilas gustativas; no vaya a ser que un pequeño residuo logre estropear tu sentido del gusto. Gusto por la cocina, los guisos, el chup-chup a fuego lento, la producción, el equipo, el objetivo común, la implicación.
Y mirar hacia adelante para poder vislumbrar ese pequeñísimo punto de luz al final del túnel que me dota del impulso suficiente para seguir mi camino. Sea cual sea, porque después de esta experiencia he de volver a replantearme si valgo para esto, o tampoco.